MILLENNIUM y el liderazgo compasivo

Imagen de Jose Luis Rodríguez

Los mas de diez millones de lectores que han leído la trilogía Millennium en todo el mundo, saben que Lisbeth Salander es la protagonista y heroína de estas novelas, pese a que sea Mike Blomkvist, el que figura como actor principal, cabeza pensante y actuante de la trama, un periodista metido a detective para investigar las ratas que pululan por las alcantarillas del submundo sueco: tráfico de influencias, pornografía infantil, pederastia, células de espionaje que campan a sus anchas por los entresijos de los servicios de información; todas esas ratas inmundas comparten un absoluto desprecio por las mujeres, que les conduce a la violación de mujeres y niñas y a su eventual eliminación.

 

Sin embargo, su autor, Larsson, buscó que el lector se emocionara, se conmoviera y se identificara con una de esas mujeres, Lisbeth Salander; objetivo conseguido, a tenor del  volumen de ventas alcanzado en el pasado verano, teniendo en cuenta que la trilogía consta de tres novelas de mas de dos mil páginas en su conjunto, lo que rebasa ampliamente las normas literarias actuales al uso de no superar las páginas que pueden ser leídas en un fin de semana.

Cuando nos enfrentamos por primera vez con el personaje de Lisbeth Salander la impresión no puede ser peor e incompatible con cualquier heroína literaria. Lisbeth estuvo ingresada en un centro de menores desde los doce años, con un padre maltratador y violador. El primer informe psiquiátrico que se elabora sobre ella a su ingreso, la describía como esquizofrénica y psicópata, agresiva e insociable, además de anoréxica, de manera que fue puesta por las instituciones del estado bajo la tutela de un administrador responsable de tomar cualquier decisión que le afectara.

Sin estudios, ya mayor de edad, algunos informes policiales la tildan de prostituta, aunque frecuentaba la relación con una amiga declarada boyera. En la época que recoge la novela, Lisbeth busca a su padre para vengarse de él. También se la  acusa de otros intentos de asesinato a algunos miembros de mafias operativas en Suecia. En sus ratos libres ejerce de hacker y sus únicas amistades conocidas son un círculo de hackers que actúan a nivel internacional.

¿Es posible conmoverse, compadecerse con esta joven?

¿Resulta comprensible que un adalid de causas justas pero casi irremediablemente perdidas, como el periodista de investigación Mikael Blomkvist, muestre una gran admiración por Lisbeth?

Blomkvist, que sí ama, respeta y es capaz de establecer relaciones de profunda amistad con las mujeres, utiliza para sus investigaciones la ayuda de Lisbeth, dotada de fantásticos  poderes, que le confiere su cualidad de hacker para entrar en el disco duro de amigos y sobre todo de los enemigos del periodista. Pero no es sólo el carácter algo quijotesco de  Mikael es el que consigue que Lisbeth aparezca como una Dulcinea, sino las virtudes que ciertamente la adornan, pues pese a todos los tétricos rasgos de su perfil que antes he enunciado y los sufrimientos sistemáticamente padecidos, Lisbeth está dotada de grandes valores, que tienen que ver con la solidaridad y la ayuda de los amigos que la necesitan, su sentido de la equidad y la justicia en las relaciones interpersonales, y el aprecio y cariño que guarda a las personas que han hecho algo por ella en algún momento de su vida

Stieg Larsson,  además, intercala textos, al comienzo de los diferentes capítulos, que ponen de manifiesto con cifras las vejaciones sexuales, las violaciones y asesinatos que sufren las mujeres en Suecia, poniendo en su lugar los estereotipos o prejuicios existentes en otros países acerca del comportamiento intachable respecto a la igualdad de género en los países nórdicos.      

Así, Lisbeth Salander encarna de forma eminente estas vejaciones, siempre inflingidas por hombres, consiguiendo la connivencia de todos los que a ella se acercan para saber la verdad de los hechos, y logrando al tiempo la complicidad por parte de los lectores que nos conmovemos con Lisbeth y sus avatares, e incluso permitiéndonos descargar un cierto sentido de culpa por no haber padecido su terrible situación o por no luchar lo suficiente contra esta lacra que afecta a la mujer en la mayoría de los países del mundo.

De manera que partiendo del rechazo a Lisbeth que se produce al comienzo de la trilogía, vamos evolucionando a una implicación y una identificación con ella, a medida que conocemos mejor su pasado y sus actuaciones presentes.

 

Peter Frost, de la universidad de Harvard, en su libro Las emociones tóxicas en el trabajo, plantea que al igual que las emociones negativas, como por ejemplo la ira o la rabia, afectan al sistema inmunitario y pueden resultar tóxicas para el cuerpo humano, la toxicidad es también un subproducto que se encuentra en la vida que pasamos trabajando en las organizaciones, que genera dolor a las personas. Así, actuaciones habituales de las empresas como una fusión, una reestructuración o la presión para cumplir objetivos, por poner sólo algunos ejemplos, suelen generar dolor, aunque el dolor no siempre ha de ser nocivo. De ahí la importancia de los directivos, de las figuras que gestionan las emociones potencialmente tóxicas. Hay, por lo tanto, líderes nocivos o tóxicos, incompetentes para desarrollar a los componentes de su equipo, que no valoran su contribución, y que minan su autoestima y su confianza, añadiendo toxicidad a la propia de cualquier organización. Existen, por otra parte, líderes que son capaces de absorber parte de las toxinas que fluyen por las organizaciones, gestores del dolor, que minimizan el sufrimiento que de otra manera pasaría a infectar a los miembros componentes de sus equipos, estableciendo un nuevo tipo de liderazgo, el liderazgo por compasión.

En mi opinión, Lisbeth Salander ejerce un rol de liderazgo compasivo en la sociedad, quizá asumido de forma involuntaria desde su adolescencia, al empaparse de millones de toxinas que casi acaban con ella, que de otra manera hubieran ido dirigidas y sido absorbidas por multitud de sus congéneres. Todos debemos agradecer la figura de Salander, que aunque sea de manera imaginaria, a través de un relato de ficción, desempeña ese papel que aporta un efecto curador en la sociedad integrada al menos por sus lectores.